


Al atardecer, después de una dura jornada laboral nada como ir a la bodega a echar un porrón de vino con los parroquianos y de paso merendar y charlar. Manuel Fernández Álvarez "Manolo Román", ya fallecido, nos dejó un entrañable libro titulado "Cachinos de Cangas" donde dedica varios apartados a esta costumbre:
La señal de venta
del vino de Cangas era un ramo de hiedra que el bodeguero o cosechero colocaba
en la puerta. Estas bodegas se abrían, por lo general, a la caída
de la tarde, cuando la gente había terminado ya la jornada de trabajo,
y era de ver la gente que a ellas acudía, bien con la botella o garrafón
para consumirlo en casa, o bien provistos los hombres de un bocadillo, que
les servía de cena, preparado previamente en casa, por la esposa. Y
de este modo, alternaban unos con otros, charlando sobre todas las cosas que
ocurrían en el pueblo, y degustando aquellas pequeñas, pero
muy sabrosas viandas, remojadas con el vinín de Cangas, trago a trago,
despacio, sin apuros, y con mucha serenidad, dentro de la mayor armonía
y camaradería.
Hubo épocas en que estas bodegas adquirieron una clientela numerosa.
Eran como los bares o cafeterías de hoy, en aquellos tiempos, y en
ellas se confundían y alternaban gentes de tosas las clases sociales,
y en alguna ocasión se expendían también en ellas, tajadas
de “bacalao rebozáu” y unos bollos de arenques, que sabían
a gloria, aparte de los productos del cerdo....
A estas bodegas dedica varios
versos, como estos:
La bodega del conde: / Patio noble y señorial, / Mesa y bancos
proletarios, clientes fijos y diarios: / Joven, viejo y otoñal.../
La puchera vale un real / Del vino noble de Cangas; / Hay muy diversas viandas;
/ Hay cuentos y hay cantarinos,/ y hay unos buenos vecinos / En un ambiente
especial.
Además de la bodega del Conde, menciona las tres del barrio de Ambasaguas: la de Sotero, la de Eduardito y la del Nenín. Pero especial atención dedica la Bodega de Antón:
La Bodega de Antón es un lugar donde todos los cangueses hemos ido muchas veces a pasar un rato agradable. Allí había la seguridad de un buen ambiente, pues siempre se encontraba uno con un grupo de cangueses tradicionales, que hablaban y comentaban mil cosas, de Cangas sobre todo, y ello dentro de unos tonos sumamente graciosos y simpáticos, sin ofensas para nadie, y con un gracejo y una salsa especial, que originaba un gran contento, y obligaba a uno a volver siempre a la Bodega de Antón. El aliciente principal, aparte de estos parroquianos cangueses, era el buen vino que allí había, vino de Cangas auténtico, sin mixtificaciones, pues aquello era una fabricación completamente artesanal. El viñedo de Antón se extendía todo él alrededor de la bodega, y por ello, cuando se vendimiaba iba directamente a las tinas donde se cocía y fermentaba. Luego se hacía el trasiego, siempre sin salir de la bodega, siempre sin salir de la bodega; se ponía la llave en la barrica, y de allí a la jarra o “puchera”, o al porrón, y la gente a degustar aquel bálsamo famoso, que cuanto más bebías, más querías beber, pues además de tener un paladar y buquet delicioso, era muy suave y estaba siempre a una temperatura ambiental de aquella bodeguina incomparable, llena de frescor y bienestar (...) En verano era fabuloso sentarse arriba en la terraza, lleno de familias que merendaban tranquilamente, ofreciéndose unas a otras, en intercambio de hermandad, las vianda que traían, pues todo era de todos. Por el invierno se reducía la cosa, y generalmente solo iban hombres, y podía verse desde Cangas una gran hoguera, señal de que en la Bodega de Antón se estaban asando castañas, en el fuego de los sarmientos de la viña, que se guardaban desde la poda para estas ocasiones, y puedo deciros que no las había más ricas; y entonces sí que se podía apreciar la bondad del vino de Antón...
Hoy esta costumbre adopta otras formas más de bares, chigres y cafeterías, pero en algunos lugares se mantiene como en las bodegas de Eduardito o la del Nenín, cuando se acerca el Carmen. Tambien a la Bodega de Antón siguen acudiendo un grupo de parroquianos con pan, jamón, queso, chorizo o similar que comparten unos con otros mientras beben un porrón de vino y charlan tranquilamente de la vida y sus cosas, con gran ingenio, y algunos días despejados se contempla salir la luna nueva por encima de Vallinas, y otros trae Balbina unos tomates o unos piescos de viña que bien acompañan la placidez del lugar.

La
Bodega de Antón, uno de lugares típicos relacionados con el
viñedo y hoy lugar de reunión de algunos parroquianos cuando
llega el buen tiempo.